Al pensar en Carlota, por ejemplo, a veces surge frente a mí, nítida, su sonrisa. Ella está a sólo unos metros, situada como un palo en medio de un prado de amapolas en donde sopla cierta brisa que hace fluctuar su pelo. Aparta un mechón de su rostro, como solía hacer, me mira y se agacha para coger una flor. Examina la elegida y decide que es un ejemplar digno de ser sacrificado. “¡Qué forma tan heroica de morir!”, me cuenta, “a favor de la pregunta del amor.” Entonces la desnuda poco a poco, arrancando los finos pétalos mientras susurra palabras que se pierden en el viento antes de llegar a mÍ. Está ahí, es ella, y yo he vivido esos instantes. Pero luego entro en razón: nunca hubo un prado bañado en amapolas. Reflexiono y consigo devolver esa alfombra a un cuadro que vi de niño y cuya impronta había quedado a la deriva en las profundidades de mi mente. Pero ya es tarde, la secuencia ha tomado forma y ahora existe, aunque sólo sea en mi cabeza, y podré recordarla igual que recuerdo lo demás, que tampoco existe ya fuera de ella.
En una ocasión llegué al extremo de creer haber visto a las cuatro hermanas bailar bajo los copos de una nieve de caída lenta. Saltaban y abrían las bocas al cielo para recibir el agua helada y blanca y saborear el frío. Pero ellas jamás habían visto nevar, y si algo hubo real ese verano fue el calor asesino e inusual que casi nos deja secos.
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