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LA JAULA

Noto a un alguien que me mira. Dos ojos palpitantes, dos ojos que queman. Alzo la vista y los encuentro, sólo un segundo, un instante. No sólo me ven: esos ojos me sienten. Y yo siento que respiran. Y respira mi pecho bajo esas pupilas que suben y bajan al ritmo de mi aliento. Y luego caen en la meseta - tierra sin dueño - y la recorren y la exploran. Vuestras son las primeras huellas en la piel virgen y vuestro es el ombligo, hasta hoy intacto, convertido en preso bajo el yugo de vuestros párpados abiertos. Ojos, dejar de perseguirme, os lo ruego. (No...no hagáis caso. Ser fuertes.) Ojos... no puedo, no lo aguanto. (Pero no... ¿A dónde vaís? No os desviéis. Vuestra huída es el castigo y el castigo es una vida que sólo es sueño; el sueño de unos ojos que me miran y a los que yo miro sin miedo. ¿Y es eso vida o es la muerte? Es un limbo...una mentira. La nada. Fantasía.) Pero ahí seguís, lo presiento. Y dentro el alivio momentáneo y después el pánico. ¿Alcanzaréis, ojos, el coto privado de mis dedos? Aquí está, al final, el secreto. Pupilas hambrientas, ¿llegaréis? Pupilas amenazantes que huelen el temor y, tras el temor, el deseo...Y tras su rastro galopan, y por su valor lo apresan. Y rodean el escondite y lo atacan, con la violencia de un salvador involuntario, agresor santificado. Y entonces muero y nazco otra. Por la anhelada violación me sacrifico: a vosotros entrego mi intimidad de terciopelo azul. Y sin ella, ya otra. Y apenas me recuerdo... Sólo dos ojos que me tocaron sin rozarme, en una esquina de cualquier calle.
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