Las tres niñas iban delante y pude no quitar ojo a sus melenas ondeantes y a sus piernas al pedalear. Emilia llevaba un sombrero de paja que cubría su pelo de seta. Por lo demás, desde esa perspectiva parecían un mismo espejismo triplicado. ¡Qué cortas se ponían siempre! Para colmo las telas viejas de sus vestidos - o camisetas largas, o lo que fuesen esas prendas sin formas- desprotegían sus cuerpos de miradas indiscretas. Quiero pensar que ignoraban que a contraluz revelaban todo lo que pretendían ocultar. Me mataría que no fuese producto de la inocencia sino de una premeditada estrategia con el fin de conquistar.
Me avergüenza admitir que el efímero contacto tuvo repercusiones inmediatas en mi libido. ¿Cómo me juzgaría un cura de saber lo que rondó mi mente pervertida minutos después, al verla despegar los labios carnosos y alargar la lengua unos milímetros, con los párpados semicerrados, para recibir la forma sagrada?


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